viernes, 28 de febrero de 2014

El joven trovador



Durante mucho tiempo pensé que mi vida no merecía ser contada, debido a la falta de intensidad y aventuras, pero todo eso cambió un buen día, cuando un grupo de trovadores consiguieron infiltrarse a través de las férreas murallas que nos rodeaban.
Mi mundo se reducía a la escasa extensión de tierra que pertenecía a mi pequeña ciudad. Muchos pensaréis, si tan pequeña era, ¿por qué no tomé la iniciativa de explorar nuevos horizontes? Lo intenté, os juro que lo hice. Pero no sirvió de nada, pues el miedo se había apoderado de los corazones de mis vecinos, evitando soñar con cualquier contacto exterior. Os lo explicaré todo desde el principio.

Mi pueblo, valiéndose de un gran esfuerzo, construyó durante años una ciudad próspera, pacífica y hospitalaria. Acogía a todo aquel viajero que deseara pasar una noche arropado por el calor de una buena hoguera, bajo las suaves sábanas de una mullida cama. Cirio se convirtió en un destino más que deseado por todos, incluso por los grandes mandatarios del país, que preferían realizar allí sus reuniones importantes antes que hacerlo en cualquier ciudad vecina. Las sonrisas, los gritos de júbilo, las muestras de cariño y las bromas componían el decorado de nuestras calles cada día. Pero todo es efímero, tanto como nuestra propia vida.
Cuando soplé las velas de mi cuarto cumpleaños, un fuerte estruendo hizo temblar la mesa donde descansaba mi pastel, haciéndolo caer al suelo, donde quedó destrozado irremediablemente. Mis padres, al ver cómo las lágrimas desbordaban mis ojos, corrieron hacia la ventana para comprobar qué era lo que había provocado tal alboroto. Mi madre ahogó un grito al comprobar que un millar de soldados se habían infiltrado en la ciudad, destrozándolo todo a su paso y arrancando las vidas de aquellos que habían sonreído minutos antes. Nos estaban atacando. Esa era la realidad, por increíble que pareciera. No había ocurrido algo así en más de mil años y ahora todo aquello por lo que habíamos luchado se desmoronaba.
- Quédate con Clara. Yo tengo que averiguar lo que está pasando. – la voz de mi padre había cambiado de repente, ya no era tierna y dulce, ni estaba acompañada de una ligera sonrisa. La preocupación, el miedo y la desesperación la habían tornado seca, grave y triste.
- No, no vayas. No tienes por qué hacerlo. – le imploró mi madre con lágrimas en los ojos.
Mi padre posó sus manos sobre las mejillas de mi madre y la besó en la frente con una suavidad abrumadora.
- Nuestro pueblo me necesita y debo protegeros, es mi deber.
Mi madre agachó la cabeza y asintió lentamente.
- Pase lo que pase, no salgas de casa ni abras la puerta a nadie, ¿me has entendido? – mi padre temía que mi madre no lo obedeciera y se obcecara con la idea de seguirlo. Pero ella se limitó a asentir una vez más.
Fue entonces cuando mi padre se acercó a mí y limpió mis lágrimas con uno de sus pañuelos de seda que tanto me gustaban, porque llevaba impregnado su olor, a menta y canela.
- Ahora tienes que ser una niña obediente y hacer caso a mamá en todo lo que te diga, ¿de acuerdo? – su voz volvía a ser la misma de siempre, aunque mi corazón se encogía de miedo y no sabía por qué.
- Sí, papá. – contesté con mi voz de niña -. Pero no tardes en regresar, recuerda que mamá va a preparar tu cena favorita esta noche.
Mi padre asintió con una leve sonrisa y un brillo extraño en los ojos. Me besó en la frente y se alejó de mí sin volver a mirarme. Entró a su dormitorio y salió vestido con un atuendo muy extraño que detesté desde el primero momento en que lo vi. Además llevaba en la mano un objeto extraño, parecía un gran cuchillo muy afilado. ¿Para qué lo querría? Algún tiempo después lo comprendí todo con claridad.

Mi padre se marchó esa tarde y no regresó jamás. Mi madre hizo todo lo que él le había pedido y permanecimos ocultas en casa hasta que los fuertes ruidos del exterior desaparecieron. Cuando la calma volvió a reinar en Cirio, mi madre abrió la puerta con manos temblorosas y ambas descubrimos cómo había cambiado todo en unas pocas horas. El crepúsculo de la tarde tiñó el cielo de rojo y la sangre había sustituido a las flores en las calles de piedra de nuestra ciudad. Mi madre intentó taparme los ojos y ocultar aquello que tanto podía afectarme, pero era demasiado tarde. Esa imagen se quedó grabada en mi mente para siempre.
Todos aquellos que consiguieron salvarse ese día trabajaron hombro con hombro para devolver a Cirio su esplendor habitual. Construyeron en el cementerio un pequeño panteón en honor a aquellos que habían perdido la vida protegiéndonos a todos, incluyendo a mi padre.
A los pocos días, todo pareció volver a la normalidad, sin embargo llegó a nuestras casas una citación del gobernador. Debíamos reunirnos en la plaza de Cirio para escuchar un comunicado oficial. Mi madre permitió que yo estuviese presente. Nunca había visto al gobernador en persona y me intimidó su elevada estatura y su intensa mirada, que parecía traspasarte el corazón. Cuando comenzó a hablar di un respingo. Su voz era profunda, grave y muy potente.
- Querido pueblo, os he reunido hoy aquí debido a la tragedia que se ha cernido sobre nosotros. Hace unos cuantos días nos atacaron sin darnos un aviso previo. Tuvimos que hacer frente a la amenaza solos, sin la ayuda de nuestros vecinos, a los que acudí de inmediato. Nos ignoraron y ahora seremos nosotros los que olviden que existen. Cuando salga el sol comenzaré a construir una gran muralla que nos protegerá de todo peligro del exterior y evitará que vuelvan a atacarnos y a arrebatarnos a aquellos a los que amamos. Se establecerá una guardia en las puertas de la muralla que sólo dejará entrar las mercancías destinadas a abastecer nuestras necesidades. Nadie podrá entrar, pero tampoco nadie podrá salir. Somos perfectamente capaces de vivir y prosperar solos, resguardados bajo la protección de la muralla y sin el temor anidando nuestros corazones.
Nadie puso objeciones a lo que se dictaminó esa noche, porque el miedo aún se hospedaba en las almas de todos nosotros y el resentimiento por la falta de ayuda nos instaba a desear la destrucción de cualquier lazo con el exterior.
Al poco tiempo, una imponente muralla se alzó ante nuestros ojos y nos encerró en Cirio para siempre.
Jamás volvieron a atacarnos, la paz volvió a nuestra ciudad y las risas acaparaban las calles. Mi madre no derramó ni una sola lágrima por la muerte de mi padre, pero algo en ella se había roto irremediablemente. Su dulce voz cantarina que nos despertaba cada mañana había desaparecido, su sonrisa juguetona se había evaporado por arte de magia, su cabello perdió el brillo que iluminaba su rostro, sus ojos se apagaron sin ninguna explicación y sus movimientos se tornaron lentos, tristes y desganados. Cuando yo estaba delante, ella intentaba disimular todo esto, pero en los momentos en los que se creía sola, se dejaba llevar por la tristeza y el pesar.
Pasaron los años y nada cambió en Cirio. Yo paseaba por las calles observando siempre los mismos rostros, nadie entraba en la ciudad y, por supuesto, nadie salía. Cirio se convirtió en una prisión de la que no podía salir. En más de una ocasión le pedí a mi madre que me dejara viajar a una ciudad más grande para poder hacer aquello que conseguía llenar mi corazón: escribir historias.
- Jamás vuelvas a pedirme una cosa así. Nunca, Clara, nunca saldrás de aquí. Perdí a tu padre después de dejarlo marchar y no volveré a cometer el mismo error. – esa era siempre su respuesta y yo carecía de argumentos para rebatirla.
Así que me resigné a vivir rodeada de esa muralla que no me dejaba ver más allá de mi pequeña ciudad, creando historias de mundos desconocidos para mí, sin posibilidad de que nadie se interesara por ellas. Mi madre me animaba a conocer chicos que pudieran interesarme para establecer una relación romántica, pero mi corazón aún no estaba preparado para algo así, eran otros anhelos los que ocupaban todo mi tiempo. Incluso cuando ayudaba a mi madre en sus labores de costura, que era a lo que se dedicaba, yo no podía dejar de pensar en el mundo que se alzaba detrás de esa muralla que yo no podía cruzar.
Una mañana, mientras terminaba de coser el bajo de un vestido que habían entregado el día anterior, un tremendo alboroto me hizo perder la aguja en el suelo. Mi madre comenzó a temblar violentamente, reviviendo el miedo que había sentido el día que atacaron Cirio. Yo dejé el vestido en la mesa y me dirigí a la ventana para averiguar lo que estaba pasando.
- Clara… - me estremecí al sentir el miedo que impregnaba la voz de mi pobre madre.
Yo la tranquilicé con un gesto de mi mano y observé el exterior. Nadie nos estaba atacando ese día, pero un grupo de personas desconocidas habían entrado en el pueblo misteriosamente. Paseaban por las calles subidos a una extraña carreta pintada de vivos colores: verde, azul, rojo y amarillo. Tocaban instrumentos que no había visto en mi vida pero que desprendían una música maravillosa. Algunos de ellos caminaban delante de la carreta cantando con voces melodiosas.
- Mamá, tienes que ver esto.
Con paso tembloroso, mi madre se acercó a mí y descubrió aquel jolgorio que iluminaba los rostros de mis vecinos. Corrí hacia la puerta y salí al exterior. Fue en ese momento cuando la música cesó y uno de ellos comenzó a hablar:
- Queridos lugartenientes, tengo el honor de anunciaros que esta noche tenéis una cita alrededor de la hoguera para escuchar maravillosas historias que os harán volar a mundos desconocidos que ni siquiera os podéis imaginar.
La gente gritaba de júbilo y hablaban entre ellos sin comprender muy bien lo que estaba ocurriendo, pero como ningún guardia apareció para arrestar a toda esa gente, decidieron que sería una muy buena idea hacer lo que les pedían.
Mi corazón parecía latir desbocado. Contar historias… esa gente se dedicaba a contar historias. No podía creérmelo. Le pedí a mi madre que acudiésemos esa noche a la cita, pero ella no parecía demasiado entusiasmada. Así que finalmente fui yo la que me senté alrededor de la hoguera esa noche, junto con un buen número de habitantes que esperaban entusiasmados el comienzo del espectáculo.
No tuvimos que esperar demasiado. Al poco rato, una música suave invadió toda la plaza y un hombre vestido con ropas de muchos colores comenzó a caminar alrededor de la hoguera mientras recitaba unos maravillosos versos que nos hicieron viajar a mundos imaginarios en los que sus protagonistas vivían maravillosas aventuras, acompañadas de intensos romances y luchas sangrientas. Cuando terminó su historia, todos lo aplaudimos entusiasmados. Las voces se apagaron al ver entrar a un joven que vestía las mismas ropas que el anterior trovador. Parecía no ser mucho mayor que yo. Sus ojos brillaban con intensidad debido al crepitar del fuego y su cabello parecía rojo como la sangre. Nos miró con una intensidad que nos dejó sin aliento y comenzó a recitar su historia. Fue maravilloso. Su voz nos transportó más allá de nuestra imaginación, haciéndonos partícipes de su aventura, incluso haciéndonos creer que éramos los protagonistas. La ovación que recibió ese joven trovador fue ensordecedora y él la agradeció con una inclinación de cabeza. Se marchó y dejó paso a un nuevo compañero, pero yo no podía quedarme sentada. Algo en mi interior me gritaba que debía seguir a ese muchacho y averiguar cómo era posible que alguien tan joven tuviese la capacidad de narrar de esa forma.
Lo encontré a unos veinte pasos de la hoguera, dónde habían instalado su carreta. Estaba rodeado de algunos de sus compañeros con los que compartía su reciente experiencia. Me acerqué con cuidado. No fue hasta que estuve a pocos pasos de ellos cuando una mujer de rostro arrugado se percató de mi presencia.
- ¿Deseas algo? – me preguntó con melodiosa voz.
Todos me miraron expectantes, incluso el joven trovador.
- Me gustaría hablar con él, si eso fuese posible. – contesté señalando al aludido.
La mujer sonrió débilmente y miró al joven.
- Si a Marco no le importa, no veo por qué deba importarme a mí.
Él se encogió de hombros y se acercó a mí.
- Ven conmigo. – me dijo mientras me conducía a una calle un poco más alejada del tumulto de la plaza -. ¿Qué deseas?
- Quería saber cómo habéis entrado en Cirio. Hace años que el gobernador no permite la entrada a nadie, tan solo entra la mercancía que necesitamos para vivir. – dije casi en un susurro.
Marco sonrió y pude comprobar que sus ojos brillaban con intensidad a pesar de que las llamas de la hoguera ya no se reflejaban en ellos.
- Con el poder de las palabras, no te puedes imaginar lo poderosas que son. – contestó -. Esta ciudad es conocida en todo el mundo por permanecer aislada de todo y nosotros nos propusimos el reto de cruzar la muralla para dar a sus habitantes un poco de alegría.
- ¿Estás diciéndome que no somos más que una apuesta? – pregunté un poco molesta.
- Algo así. Sin embargo ahora sé que lo que empezó siendo una apuesta se ha convertido en un milagro.
- ¿A qué te refieres?
- Has tenido que darte cuenta tú también. Fíjate en los rostros de tus vecinos. – me pidió señalando hacia la hoguera que brillaba un poco más lejos -. Sus ojos han recuperado el brillo que no tenían cuando entramos esta mañana, sus sonrisas han despertado la alegría que permanecía oculta en sus almas. El miedo ha sido reemplazado por la esperanza, los sueños y los deseos.
Tenía razón. Mis ojos eran testigos del cambio que la llegada de esos trovadores había provocado en mi pueblo, y en mí misma. En mi interior podía sentir cómo la llama de la esperanza había inundado todo mi ser.
- ¿Cómo es posible que un muchacho de tu edad sea capaz de contar esas historias? Es imposible que hayas vivido tantas aventuras para inspirarlas. – le pregunté mirándolo a los ojos.
- Se trata de magia. – me contestó.
- ¿Magia? No soy estúpida, sé que la magia no…
- ¿No existe? – me interrumpió -. ¿Cómo puedes saberlo? No has visto más mundo que esta pequeña ciudad, por lo tanto desconoces aquello que ilumina el mundo. Son mis sueños los que dotan a mi imaginación de estas historias, sin ellos estoy perdido. Pero para soñar debes creer, pues el escepticismo trae consigo la oscuridad y esa oscuridad destroza cualquier atisbo de imaginación.
- ¿Qué me estás queriendo decir?
- Que si quieres ver magia con tus propios ojos debes creer que existe y luego luchar para encontrarla.
Permanecí en silencio durante un buen rato, pensando en todo lo que Marco me había dicho. Jamás había oído hablar de algo así. Mis historias no iban más allá de mi propia realidad y pensar que algo que parecía fantástico fuese real me producía una inquietud difícil de descifrar.
- No puedo salir de Cirio, lo he intentado varias veces y es imposible. – le respondí con tristeza.
- Confía en ti misma y lo conseguirás. – Marco se acercó a mí y estampó un suave beso en mi mejilla.
Entonces se alejó de allí con una hermosa sonrisa en su rostro. Me marché a casa pensando en todo lo que me había dicho, en la posibilidad de que la magia fuese real y en todas las cosas que podría descubrir si cruzaba esas duras murallas que me separaban del mundo.
Al día siguiente busqué a Marco pero ya se había marchado junto con los demás. Albergué la esperanza de que regresaran algún día, pero pasaron varios años y nunca volvieron. Fue entonces cuando tomé una decisión: me marcharía de Cirio, aunque para hacerlo tuviese que enfrentarme al mismísimo gobernador.

viernes, 31 de enero de 2014

El honor de un caballero



Nunca he tenido el valor suficiente para contar mi historia, ahora lo hago tal vez para demostrar que nuestros sueños pueden hacerse realidad. Yo vivía en una pequeña aldea bastante pobre. Pertenecía a una familia humilde y debía trabajar duro para tener algo que comer cada día. Mi padre murió cuando yo acababa de cumplir los dieciocho años, provocando que todo el peso de la casa recayera sobre mis hombros, ya que mi pobre madre siempre había estado delicada de salud.
Ese año sufrimos un crudo invierno que destrozó todas las cosechas, provocando que el hambre se instalara en nuestro hogar como una sombra oscura que aprisionaba mi corazón. No podía soportar ver cómo a mi madre le abandonaban las fuerzas con el paso del tiempo, el brillo de sus ojos se volvía cada vez más tenue y su aspecto se desfiguraba sin poder hacer nada para remediarlo.
Para bien o para mal, las desgracias unían con fuerza a los habitantes de la aldea, por lo que todos nos volcábamos para ayudar a nuestros vecinos. Al ver la desesperación en mi rostro, una amiga de la familia me buscó un trabajo en la casa de un adinerado caballero que había trabajado para el rey durante muchos años y había conseguido el favor real para tener una vida cómoda. Debía marcharme al día siguiente para dedicarme a mantener la casa limpia y ordenada, mientras mi vecina cuidaba de mi madre y me mantenía informada de su salud por medio de cartas.
Cuando el sol apareció a través de las montañas me encaminé hacia mi destino. Después de varias horas llegué hasta una colina coronada por una enorme casa, construida de fuerte piedra y con un gran número de ventanas en las que chisporroteaba una débil luz. Me acerqué decidida y llamé a la puerta. Me recibió alguien que parecía ser un sirviente, vestido con sencillos pantalones marrones y una camisa blanca, un tanto desgastada. Su rostro era afable y las canas decoraban un cabello que antaño debía de haber sido negro como el ébano.
- Disculpe señorita, ¿qué desea? – me preguntó con voz amable.
- Soy Alustriel, la joven que empieza hoy a trabajar como sirvienta.
El criado sonrió complacido.
- La estábamos esperando. Pase, por favor.
Me quedé maravillada cuando vislumbré el interior de la imponente casa. Una enorme escalera coronaba la estancia, que permanecía iluminada por un buen número de antorchas colgadas a lo largo de la pared. Además había varias esculturas repartidas por la habitación que no supe identificar. El criado me condujo a través de una puerta que se encontraba a la derecha del pasillo, justo antes de llegar a la escalinata. Entré a una habitación más pequeña, rodeada de estanterías que contenían una infinidad de libros. En el centro había una gran mesa de madera, iluminada por el gran ventanal que presidía la habitación. Delante de la mesa estaba sentado un joven bastante apuesto. Yo nunca había tenido demasiada relación con hombres, pues siempre me había dedicado a ayudar a mis padres. Él alzó sus verdes ojos hacía mí y sonrió encantado.
- Eres Alustriel, ¿verdad? – su voz era muy grave, pero dotada de una dulzura increíble.
- Así es, señor. – contesté yo un poco turbada.
- Perdona que no sea mi padre el que te reciba, pero ha recibido un mensaje del rey. Bill te mostrará tus habitaciones y te explicará todo lo que necesitas saber. Espero que tu estancia aquí sea de tu agrado.
- Así será. Gracias.
El criado, cuyo nombre había resultado ser Bill, me condujo escaleras arriba hasta una de las últimas habitaciones del gran pasillo. Jamás me hubiera imaginado que la estancia de una sirvienta brillara con tanta luz y poseyera tantas comodidades como las que allí había. Solté mis escasas pertenencias en la cama y lo observé todo con atención.
- Tenga mucho cuidado, señorita. – dijo Bill, que permanecía en la puerta -. Llevo muchos años en esta casa y lo he visto casi todo. No sería conveniente que os relacionarais más de lo debido con el señor John.
- No sé a qué te refieres, Bill. – inquirí yo un poco confusa.
Bill suspiró con fuerza y sacudió la cabeza.
- Es solo una advertencia. El señor John no suele tratar con demasiado respeto a las doncellas que se instalan en esta casa. Quizás se sienta demasiado importante debido al alto linaje de su padre. El caso es que no suelen durarle mucho las doncellas.
- Lo tendré en cuenta. Gracias, Bill. – contesté un poco asustada.
Bill me enseñó todo lo que debía saber para hacer bien mi trabajo. Había dos mujeres más que trabajaban en las cocinas. Yo me dedicaba a limpiar la casa, a lavar la ropa y a servir la comida en algunas ocasiones. A los pocos días conocí a los padres de John, dos personas muy elegantes y sofisticadas, pero educadas. La verdad es que me trataban bien y no me hicieron sentir fuera de lugar en ningún momento.
Trabajaba cada día con los pensamientos puestos en mi madre. Cada semana recibía una carta de mi vecina explicándome que todo marchaba bien. Yo le contestaba contándole mis quehaceres y cerraba el sobre con el dinero que ganaba en el interior.
Cuando podía disfrutar de algún tiempo libre solía salir al gran jardín que se erguía detrás de la casa, repleto de árboles y hermosas flores que bailaban al son del viento. El joven John paseaba todas las tardes por el pequeño camino de piedra que lo cruzaba. Siempre lo hacía solo. Al verme inclinaba la cabeza con educación y me dedicaba una sonrisa que hacía temblar mis piernas.
- ¿Echas de menos a tu familia? – me preguntó un día.
- Sí… sé que mi madre está bien pero no puedo evitar preocuparme. – le contesté un tanto nerviosa.
- ¿Le ocurre algo?
- Está enferma. Su salud siempre ha sido delicada, pero la crudeza del invierno la ha hecho empeorar.
- Ya veo. Espero que estés cómoda aquí. – inquirió.
- Claro que sí. – me apresuré a contestar -. Todos sois muy amables conmigo.
John sonrió con dulzura. No podía creer que Bill tuviese razón sobre John, no parecía el típico joven que se aprovechaba de las mujeres.
- Me alegra oírlo. La verdad es que yo estoy cansado de estar aquí. Deseo marcharme a conocer el mundo y poder hacer lo que de verdad deseo.
- ¿Y qué es eso que tanto deseas? – me arrepentí en seguida se haber formulado la pregunta.
John me miró con una media sonrisa dibujada en su rostro. Parecía que iba a contestar, pero entonces desvió su mirada hacia el horizonte, donde se podían ver grandes montañas que decoraban el paisaje a lo lejos. Sus ojos brillaban con un anhelo que me partió el alma, como si aquello que más deseaba fuese imposible de realizar.
- Durante toda mi vida he creído que sería un gran caballero como lo es mi padre, me instruyó para ello. Pero entonces llegó el que sería mi hermano adoptivo, un pobre huérfano que mis padres adoptaron para que tuviese una vida mejor. – John hablaba sin mirarme a los ojos, pues su mirada permanecía fija en algún lugar muy lejos de allí-. Todo parecía ir bien, pues por fin tenía un hermano con el compartir mi tiempo. Pero entonces fuimos creciendo y él mostró unas aptitudes maravillosas para convertirse en caballero, así que mi padre se volcó en su formación, ignorándome por completo. Era su favorito, de eso no me cabía la menor duda  y todas mis sospechas se hicieron realidad.
- Así que es tu hermano el que se ha convertido en caballero, ¿no es así? – inquirí con voz débil.
John asintió con tristeza.
- Durante toda mi vida he canalizado esta rabia haciendo todo lo que pudiese molestar a mis padres, desde beber hasta quedar inconsciente hasta verme con mujeres de dudosa reputación.
Por fin comprendí lo que Bill quería decir al afirmar que tuviese cuidado con el señor John. Era un joven atormentado por el rechazo de un padre que había preferido a su hijo adoptivo antes que al propio, tal vez porque presentaba aptitudes más aptas para aquello que él quería, aunque quizás no fuese más que una fachada. Estaba claro que el padre de John permanecía ciego a la verdad y no veía quién era el que de verdad se merecía su atención.
- De todas formas yo me estoy instruyendo en secreto y algún día seré un caballero como lo fue mi padre. – continuó diciendo John.
- Y yo estoy segura de que lo conseguirás.

Después de aquella tarde, todos los días paseaba junto a John mientras éste me contaba la historia de su familia; cómo se habían forjado una gran reputación después de haber servido al rey con honor y lealtad. A su vez, yo le hablaba sobre mi vida, algo que no había hecho jamás con nadie, pero que con él me resultaba demasiado fácil. El hecho de conocer más sobre John y que él supiera aquello que anhelaba y temía hizo que forjáramos una amistad tan especial que un día temí que se convirtiese en algo más profundo.
El invierno llegó a su fin y la primavera llegó con un cálido sol que bañaba la tierra, aportándole fuerza y energía para volver a florecer. Las cosechas por fin regresarían y yo había ganado el suficiente dinero para volver a casa. Ya nada me retenía allí y mi madre me necesitaba.
- La voy a echar mucho de menos. – dijo Bill mientras me ayudaba a recoger mis cosas -. Usted es una muchacha maravillosa y alegre. Esta casa se va a quedar muy vacía. Espero que vengas a visitarme de vez en cuando.
- Claro que sí. Yo también te he cogido mucho cariño y también voy a echarte mucho de menos. – abracé a Bill con fuerza, sin su ayuda tal vez mi estancia hubiese sido más difícil de sobrellevar.
Un carruaje me esperaba en la entrada de la casa, cortesía de los señores. Me despedí de ellos con una sonrisa y me dispuse a marcharme. Fue entonces cuando alguien me cogió la mano. Mi corazón empezó a latir con fuerza al sentir el contacto de John tan cerca.
- Así que ya te vas, ¿no?
Asentí sin saber muy bien qué decir.
- Cuídate mucho. Quiero que sepas que aquí tienes un hogar para cuando te haga falta.
- Gracias. Espero que la próxima vez que escuche hablar de ti, sea a través de un bardo que narre tus proezas y hazañas. Entonces vendré a buscarte y te felicitaré. Hasta siempre.
Intenté darme la vuelta para marcharme, pero entonces John tiró de mí y me abrazó con fuerza. Sentir su cuerpo tan cerca del mío me produjo un escalofrío que me impidió reaccionar. Lo único que pude hacer fue percibir su aroma y disfrutar con la sensación que me embargaba.
- Hasta siempre. – se despidió cuando se separó de mí.
Subí al carruaje. Mientras me alejaba de allí, observé a través de la ventana a John que me observaba fijamente.
Cuando regresé a casa me alegré al ver que mi madre estaba mucho mejor. El dinero que le había ido enviando había servido para mejorar su salud. Pasamos una primavera y un verano bastante tranquilo. El invierno fue algo más duro pero conseguimos salir adelante. Todo parecía ir bien, después de todo. Aunque la imagen de John me asaltaba cada vez que la noche caía sobre mí. No podía evitar que mi corazón latiera con fuerza cada vez que su rostro aparecía en mi mente.
Un día, mientras recogía la cosecha, un niño se acercó a mí gritando a pleno pulmón.
- ¿Qué pasa, pequeño? – pregunté extrañada.
- Hay un señor que te busca. Está esperándote en la plaza.
- ¿Un señor? ¿A mí? ¿Estás seguro?
- ¡Sí! Tu madre me envió a buscarte.
- Gracias, voy en seguida.
Sin saber lo que iba a encontrarme, me encaminé hasta la plaza lo más deprisa que pude. Cuando llegué hasta allí, me detuve sorprendida. Sentado en uno de los bancos de madera había un caballero vestido con una armadura que brillaba cuando la luz del sol se reflejaba en ella. Me acerqué a él despacio.
- Disculpe, señor, ¿me estaba buscando?
El joven caballero se volvió y me miró con enorme sonrisa. Al verlo, creí que mis pies no me sostendrían.
- ¿John? ¿Eres tú?
- ¿Tú qué crees?
- Eres un caballero. Lo… lo has conseguido.
- Así es, ya soy un caballero de verdad.
- ¿Cómo ha ocurrido? – le pregunté entusiasmada.
John se encogió de hombros.
- Cuando te vi marchar me di cuenta de que podía hacer lo que quisiera si luchaba por ello, al igual que hiciste tú, pues viajaste muy lejos para salvar la vida de tu madre. Y lo conseguiste. Fue tu valor el que me dio fuerzas para luchar por aquello que deseaba.
- Sabía que lo conseguirías, pues en tu corazón anida un valor que no conocías.
- Lo sé, pero fue necesario que tú rompieses esa barrera que lo mantenía prisionero. Fue entonces cuando penetraste dentro de él y jamás he podido sacarte.
- ¿A qué te refieres? – pregunté intentando controlar el temblor de mis piernas.
- Te quiero, Alustriel. Desde el primer día en que te vi. He venido a pedirte que te cases conmigo.
Tuve que sentarme en el banco, porque ya no tenía fuerzas suficientes para continuar de pie. John se sentó conmigo y sostuvo mi rostro entre sus manos. Lo miré fijamente y entonces me besó. Fue mi primer beso y es algo que no olvidaré en toda mi vida.
Por supuesto que me casé con John, era lo que más deseaba en el mundo. Gracias a su valor, se convirtió en uno de los caballeros más importantes del reino y libró un sinfín de batallas con éxito. Fui muy feliz durante mucho tiempo, hasta que un cruel giro de los acontecimientos lo arrancó de mi lado para siempre. Aún vivo con su recuerdo, es por eso por lo que he querido contar mi historia, para que la suya propia jamás muera en el olvido.

martes, 31 de diciembre de 2013

Los amantes del árbol



Cuenta una antigua leyenda la historia de una joven princesa que siempre soñó con ver más allá de lo que le permitían. Vivía en un hermoso castillo apartado de toda civilización, acompañada tan solo de sus padres y los criados destinados a satisfacer todos sus deseos. Cualquier joven del pueblo desearía poseer aquello que Lasaralem tenía, sin embargo, en el corazón de la princesa reinaba un vacío que oscurecía cada uno de sus días. Perdió a su madre cuando tenía tan solo cinco años, una tragedia que apagó cualquier atisbo de felicidad que pudiese reinar en el castillo. Su padre la protegía mucho, quizás demasiado, movido por el temor de que le sucediera lo mismo que se llevó a su esposa. Por eso no le permitía salir del castillo bajo ningún concepto.
Un día, Lasaralem no pudo aguantar más estar rodeada de esas paredes de piedra que le helaban el alma y decidió escapar al mundo exterior montada en uno de los caballos que su padre guardaba en el establo. Aprovechó las primeras horas de sol, cuando el castillo aún dormía, para evitar ser descubierta por alguien. Cabalgó a galope tendido para descubrir el mundo que la rodeaba y que había permanecido oculto durante tantos años. Sentir cómo la brisa golpeaba su rostro y hacía bailar su cabello le provocó una sensación de libertad que nunca creyó sentir.
Después de varias horas de camino, detuvo a su montura y se recostó bajo la copa de un gran árbol que se alzaba orgulloso en mitad de un prado. A través de sus ramas se filtraba la cálida luz del sol, provocándole una calidez que la adormeció de inmediato. Mientras dormía, otro caballo se acercó sigiloso. Un apuesto jinete se apeó y observó a la joven que dormía tranquilamente. Maravillado por su belleza, permaneció a su lado durante largo rato. La joven abrió los ojos y se levantó de un salto al ver a un desconocido junto a ella.
- ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? – preguntó asustada.
- No temas. – intentó tranquilizarla el joven -. No voy a hacer daño. Pasaba por aquí y quería asegurarme de que estabas bien.
- Pues estoy perfectamente. – inquirió Lasaralem molesta.
El joven sonrió y le tendió su mano.
- Soy el príncipe Gilthian. Y tú eres...
Lasaralem miró la mano del príncipe desconcertada. No podía decirle quién era, porque si revelaba su identidad su padre descubriría que había escapado y no volvería a salir del castillo jamás.
- Soy...soy una doncella del castillo que hay en aquella colina. - mintió la princesa señalando hacia su castillo.
- ¿Y puedo saber qué hace una doncella sola en medio del campo? ¿No deberíais estar trabajando para vuestra señora? - preguntó suspicaz el príncipe.
- Mi señora me ha enviado a hacer un recado y debo volver ya. - antes de que Lasaralem pudiera acercase a su caballo para marcharse, el príncipe la cogió del brazo.
- Espera, no te marches aún.
Lasaralem sintió cómo esos ojos verdes se clavaban en su corazón, que comenzó a latir con mucha fuerza.
- Lo siento, debo regresar ya. Deben estar preocupados por mí.
- ¿Podré verte otro día? – preguntó el príncipe esperanzado.

Lasaralem se encogió de hombros.
- Para mí no es fácil salir del castillo, no creo que nuestros caminos puedan volver a cruzarse. – dicho esto, Lasaralem montó en su caballo y se alejó de allí lo más deprisa que pudo.
El príncipe la vio alejarse, no podía desviar la mirada de la muchacha. Sentía cómo su corazón latía apresuradamente, deseaba volver a ver a esa mujer y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para conseguirlo.

Lasaralem consiguió llegar hasta su habitación sin que nadie se percatase de que se había marchado. Sin embargo, cuando cruzó la puerta de su estancia, una furiosa doncella la estaba esperando.
- ¿Se puede saber dónde has estado? – le preguntó con un hilo de voz.
- Anna, lo siento mucho. – Lasaralem no podía mentir a la mujer que había sido una madre para ella.
- Has salido del castillo, ¿no es así?
- Necesitaba hacerlo, no podía aguantar ni un minuto más estar rodeada de esta fría piedra.
Anna suspiró con fuerza y se acercó a la princesa. Lasaralem pensó que la golpearía para castigarla, por eso abrió mucho los ojos cuando Anna la abrazó con fuerza.
- Mi pobre niña.
- Anna – dijo Lasaralem en un susurro -. He conocido a un hombre ahí fuera y en mi corazón siento algo desconocido para mí.
Rompieron su abrazo y Anna la miró con lágrimas en los ojos.
- Toda joven necesita vivir el primer amor con intensidad y no voy a permitir que nadie te arrebate eso, ni siquiera tu propio padre.
- ¿Qué quieres decir? – preguntó Lasaralem confundida.
Anna le contó cómo ella vivió su primer amor y lo dejó escapar movida por otros intereses que, al final, la condujeron hacia la soledad más absoluta. Le habló del amor y de cómo cambia tu vida cuando conoces a alguien que enciende una cálida llama en el fondo de tu corazón.
- Si deseas volver a verlo, yo te ayudaré a escapar del castillo cada mañana. – le propuso su doncella.
- No puedo hacerlo, ni siquiera sé dónde encontrarlo.
- Vuelve al lugar dónde lo has conocido, si lo encuentras es que él siente lo mismo que tú, si no, entonces sabrás que no merece la pena.
Así lo hizo. Lasaralem salió al amanecer del castillo y cabalgó hacia aquel árbol, con la seguridad de que no encontraría a nadie allí. Cuál fue su sorpresa cuando llegó y vio al príncipe Gilthian recostado en el tronco del árbol, con la vista clavada en el sendero. Lasaralem pudo ver que en su rostro bailaba una hermosa sonrisa.
- Has vuelto. – dijo él.
- Así es.
Ambos se acomodaron bajo el árbol y hablaron durante horas. Cuando el mediodía se cernió sobre ellos, Lasaralem volvió al castillo con la promesa de volver al día siguiente.
Pasaron los días y Lasaralem comenzó a sentir emociones que habían permanecido ocultas en lo más hondo de su ser. Ahora estaba desbordada y no podía dejar de pensar en ese joven que las había despertado. Nunca tuvo el valor suficiente para confesarle quién era en realidad por miedo a que su mentira provocara que desapareciera para siempre, por eso él pensaba que su nombre era Anna. Gilthian le confesó un día que su hogar estaba lejos de allí, pero su padre se encontraba en negociaciones con el rey de esa zona, por eso se alojaba en un pequeño castillo cerca del pueblo. Lasaralem se dio cuenta de que ese rey era su propio padre.
- Anna, ¿quieres casarte conmigo? – le preguntó Gilthian.
Ella pensó que su corazón saldría disparado de su pecho. Quería decirle que sí, era lo que más deseaba en el mundo, pero para ello necesitaría el consentimiento de su padre y no tendría otra opción que contarle la verdad.
Al ver su desconcierto, Gilthian le preguntó:
- ¿No quieres casarte conmigo?
- No es eso. Claro que quiero casarme contigo. Es algo más complicado.
- ¿Qué ocurre?
- Te he mentido, Gilthian. Mi nombre no es Anna, sino Lasaralem. Soy la princesa de este reino. – le confesó.
El príncipe permaneció en silencio durante largo rato. Lasaralem estaba segura de que le reprocharía el haberle mentido y se arrepentiría de su propuesta.
- Estoy enamorado de ti, te llames Anna o Lasaralem. No me importa quién seas.
La princesa sintió que aquello que aprisionaba su corazón desaparecía. Ahora sabía que de nada le había servido mentir, pues el amor va más allá de cualquier apariencia. Ella le prometió que hablaría con su padre para que él pudiese pedir su mano.
Lasaralem se armó de valor y se encaminó hacia su castillo para enfrentarse a su padre. Esperaba que él pudiera entender que lo ella sentía era real y que necesitaba ser feliz. El rey estaba reunido ese día, así que no tuvo más remedio que esperar. Cuando por fin se quedaron a solas, se acercó a él. Al verla, el rey se levantó de su trono.
- Me alegra verte, hija mía. Tengo algo que decirte.
- Dime, padre.
- Un orgulloso rey nos ha declarado la guerra por el simple hecho de haberle negado la venta de unas tierras que son nuestras. Esas tierras han pertenecido a la familia de tu madre durante décadas y, tras su muerte, tú las heredaste. No voy a permitir que nadie te las quite, es por ello que mañana tendré que ir a batalla. Pero no temas, somos superiores en número, estoy seguro de que saldremos victoriosos.
Lasaralem sabía que ese no era el mejor momento para hablarle a su padre de un posible compromiso, así que decidió esperar hasta después de la batalla.
A la mañana siguiente, los soldados se marcharon comandados por su rey al campo de batalla. Lasaralem pidió a su madre que los protegiese y que permitiese que su padre llegase a casa sano y salvo. Anna le hizo compañía durante todo el día. Cuando cayó el sol, los soldados victoriosos llegaron al castillo y celebraron una gran fiesta por la victoria.
Cuando todos estuvieron sentados en la mesa, el rey dio un discurso. Lasaralem lo escuchó con atención, pero cuando llegó a la parte en que narraba la batalla desvió su atención hacia otro asunto. Pero algo la hizo regresar al presente, su corazón dio un vuelco cuando su padre dijo:
- Luché con él en un duelo cuerpo a cuerpo, sólo uno de los dos saldría victorioso. O ese chico era demasiado cobarde o era estúpido, yo le lanzaba estocadas y le daba la oportunidad para que me golpeara, pero lo único que hacía era defenderse, jamás me atacó. Lo dejé herido de muerte, pero no lo maté, aunque pienso que debe de estar muerto a estas horas. Ese príncipe era un debilucho como su padre.
- ¿Cuál era el nombre de ese príncipe, padre? - preguntó Lasaralem muy nerviosa.
- ¿Qué importa eso ahora?
- Es Gilthian, mi señora. – contestó uno de los soldados.
Lasaralem sintió por un momento que su corazón dejaba de latir. El hombre que amaba y con el que iba a casarse se debatía entre la vida y la muerte, y todo por culpa de su padre. Sin pensárselo dos veces, salió del salón, corrió hacia el establo y cabalgó sin descanso hasta que llegó al castillo de su amado. Consiguió entrar sin problemas, ya que no había guardias apostados en la entrada, todos estaban pendientes de la vida del príncipe. Encontró su habitación y entró de inmediato. Allí estaba, en su lecho de muerte. Todos se apartaron cuando la vieron acercarse. Gilthian la miró y sonrió:
- Lo siento, mi amor. No voy a poder casarme contigo, voy a un lugar a dónde no puedes seguirme.
- Perdona a mi padre por haberte hecho esto. - dijo Lasaralem sin poder dejar de llorar.
- Supe que era tu padre en el momento en que vi sus ojos, eran iguales a los tuyos. No quise hacerle daño, por eso no lo ataqué, pero él no sabía quién era yo, es por eso que no le guardo ningún rencor, no es culpable de nada, sólo cumplió con su deber.
- No puedo dejar que te vayas, Gilthian. No lo voy a permitir.
El príncipe acarició el rostro de la joven.
- No podemos hacer nada para evitarlo, pero quiero que sepas que siempre estaré contigo. No lo olvides.
Lasaralem lo abrazó llorando amargamente. Con las últimas fuerzas que le quedaban, Gilthian se incorporó y besó a la princesa.
- Te quiero, Lasaralem, y te querré siempre. - dijo Gilthian antes de caer en un sueño eterno.
Todos lloraron la pérdida del noble príncipe. Le dieron una sepultura digna de un rey. Lasaralem lo acompañó durante todo el funeral. Después de ese día, jamás volvieron a verla.

Lo más extraño de todo es que después de la muerte del príncipe y de la desaparición de la princesa, florecieron muchísimas flores blancas alrededor del árbol dónde se conocieron. Cuentan algunos campesinos que siempre ven a dos amantes bailando al son del viento bajo sus ramas. Cuando se acercan a ellos, desaparecen, para volver a aparecer una vez que éstos se han marchado.

martes, 3 de diciembre de 2013

La forja de una gran historia -El encuentro-


Laira continuó con su búsqueda, decidida a encontrar a la persona que había despertado un extraño sentimiento en su interior, algo que la mantenía viva y le daba fuerzas para continuar hacia delante. Deseaba con toda su alma volver a verlo, confesarle lo que sentía y ponerle un final feliz a su historia. Pero ni ella misma sabía lo que podía pasar, quizás no lo encontrara nunca, eso era una posibilidad que no podría evitar por mucho que quisiera.
Caminó durante meses, de un lugar a otro, visitando cada pueblo, preguntando a cada persona que se encontraba en el camino. Sólo podía valerse de la descripción física de Jack, pues nada más sabía de él. A todos los que prestaban oídos les contaba su historia, la maravillosa historia que escribió con Jack. La gente se quedaba maravillada y prometían no olvidarla jamás.
Buscó y buscó, pero no halló respuesta, ni siquiera un leve indicio de su paradero.
A veces la invadía el desaliento y las fuerzas le abandonaban. Pensaba que tal vez había perdido el tiempo buscando a alguien que se había marchado para siempre.
 Un día, sentada a la orilla de un río, miró al cielo. Las nubes lo gobernaban esa mañana, la oscuridad se cernía sobre el mundo y el sol no quería visitarlos ese día. Se sintió desfallecer, pensó que era una señal, que el mismo cielo la estaba instando a que abandonara, le gritaba en silencio que se marchara hacia su hogar, que todo había sido en vano. Brillantes lágrimas afloraron a sus ojos. Todo está perdido. – pensó -. Todo lo que viví con él se quedó en el pasado, en un pasado que nunca volverá.
Algo llamó su atención. Una suave brisa hizo bailar su cabello acompañada de una calurosa caricia en su rostro. Miró al cielo de nuevo y vio un tenue rayo de sol haciéndose paso entre las nubes. Sintió que su pesar iba desapareciendo y entonces comprendió que siempre hay una esperanza.
Se incorporó y continuó con su camino. Una nueva fuerza había nacido en su corazón y debía aprovecharla antes de que el desaliento se apoderara de ella de nuevo.
Llegó a un pequeño pueblo buscando cobijo, la noche la había alcanzado y estaba agotada. Una familia la acogió por esa noche, se portaron muy bien con ella y le brindaron toda su hospitalidad. Tenían una niña de cinco años. Laira simpatizó mucho con ella, adoraba a los niños.
Intentó dormir esa noche, pero era imposible, cada vez que cerraba los ojos lo veía a él. Su recuerdo le hacía sentirse bien, pero también le dolía muchísimo. No sabía el motivo, ni entendía por qué, lo único que sabía era que tenía un mal presentimiento, estaba casi segura de que algo malo iba a pasar.
Un leve golpe en la puerta la sacó de su ensimismamiento.
- Pasa.
El picaporte giró y la puerta se abrió lentamente. Una pequeña mano asomó y el rostro de una adorable niña vestida con un camisón para dormir apareció entre la rendija.
Laira la miró y sonrió.
- ¿Qué haces despierta a estas horas? – preguntó Laira extrañada.
- No puedo dormir y tú dijiste que tenías una historia muy bonita en ese libro que llevas siempre contigo, ¿me la puedes contar?
- Está bien. Ven que te la voy a contar, pero después tienes que dormir, ¿eh?
La pequeña asintió. Laira cogió el libro para leerlo, pero entonces se dio cuenta de que no lo necesitaba, se sabía la historia de memoria.
Comenzó a contársela y se sorprendió al ver que la pequeña cerró sus ojos justo al final. La dejó dormir a su lado toda la noche, lo cierto es que adoraba a esa niña.
Al amanecer, Laira despertó a la pequeña.
- ¿Te gustó la historia?
- Mucho, ¿la has escrito tú?
- Así es, pero no lo hice sola, me ayudó un amigo.
- ¿Tu novio?
Laira rió.
- No, sólo un amigo.
- Pues entonces debes de quererlo mucho, porque cada vez que hablas de él te brillan los ojos.
Laira no dijo nada, aunque la sorprendió el comentario de la pequeña.
- Bueno, debemos ir a desayunar.
Ambas se vistieron y bajaron al comedor. La niña les contó a sus padres lo que había hecho esa noche y no dejó de sonreír en todo momento.
Después de desayunar, Laira comunicó que se tenía que marchar. No sabía que camino seguir, pero no podía quedarse en esa casa eternamente.
Se fue lo más rápido que pudo para no perder tiempo, acompañada de los deseos de buena suerte por parte de la familia que la había acogido.
- Nunca olvidaré tu historia. – fue lo que le dijo la pequeña antes de que Laira se marchara.
Caminó sin descanso durante tres días. Hasta que por fin llegó a una gran ciudad repleta de gente. Recorrió media ciudad en busca de una posada barata para poder pasar la noche, pero no encontró ninguna.
Caminando sin rumbo, llegó a una pequeña plaza con una hoguera en el centro. Había mucha gente sentada alrededor. Laira se acercó y escuchó. ¡Estaban contando historias! Decidió pasar la noche allí y sumergirse en mundos llenos de fantasía que la harían olvidar su vida por un momento.
Escuchó historias bellísimas en las que siempre había un final feliz. Llegó un momento en que ya nadie tenía nada más que contar y dispusieron marcharse.
- Esperen, me gustaría contar una historia a mí también.
- ¡Estupendo! ¡Te escuchamos!
Laira comenzó con su historia, miró a su alrededor y vio que todos la miraban interesados, desde el hombre más mayor hasta el niño más pequeño. Todos la escuchaban. Pero había alguien que la miraba con los ojos muy abiertos, con cara de sorprendido. Prefirió no darle importancia y continuó con su narración. Al finalizar, recibió el aplauso de todos ellos, incluido el del hombre que la miraba tan sorprendido.
Los primeros rayos del sol aparecieron en el cielo y todos se marcharon, no sin antes felicitar a Laira por tan bella historia.
La muchacha se sorprendió al ver que alguien continuaba allí, observándola. Lo miró y enarcó una ceja. El hombre se acercó a ella con paso cauteloso.
- ¿Laira? – preguntó sin dejar de mirarla a los ojos.
- Sí… ¿quién eres tú? – preguntó con el ceño fruncido.
- Es normal que no me reconozcas, he cambiado mucho y tú también. No te hubiera reconocido si no hubiera sido por esa historia que contaste… por nuestra historia.
Al oír eso, Laira dio un respingo y miró a los ojos al desconocido, entonces supo quién era el que estaba frente a ella.
- ¿Jack? ¿Eres tú?
- ¿Quién más?
- ¡Dios mío! Estás aquí, por fin te he encontrado, no puedo creerlo, tanto tiempo buscándote y al final…
- ¡Espera! ¿Me has estado buscando? – interrumpió Jack sorprendido.
- Durante casi un año. Pero ha valido la pena, porque al fin te he encontrado.
- ¿Para qué me buscabas?
- Necesitaba hacerlo, porque desde que te fuiste no he dejado de pensar en ti ni un solo instante. Además, ¿no te has dado cuenta? Nuestra historia no tiene título, debemos dárselo.
- Claro, entiendo.
Laira enarcó una ceja.
- ¿Qué te pasa? Estás muy raro, ¿no te alegras de verme?
- Claro que me alegro, solo que… que las cosas han cambiado. Yo he cambiado y tú también.
- ¿Qué quieres decir?
- Pues que estoy a punto de casarme. – al ver la expresión de asombro de la joven, añadió -. Sí, Laira. Me he enamorado y estoy a punto de casarme, lo siento de verdad, jamás pensé que tú sintieras algo así por mí, creía que sólo me veías como un amigo. Lo siento.
- No lo sientas. – replicó Laira sin poder contener las lágrimas -. Ya todo da igual, debí suponerlo. Lo cierto es que nunca creía con certeza que tú me amaras, pero sí lo soñé y lo deseé con todo mi corazón, pero ahora sé que fui una estúpida. Que jamás debí haber puesto los ojos en ti. Siento haberte molestado, voy a regresar a mi casa. Y si no te importa, me llevo la historia conmigo. Será un hermoso recuerdo.
- Claro, puedes llevártela. No hay persona que se la merezca más que tú. No sabes como siento haberte hecho tanto daño, nunca quise hacerte sufrir, perdóname.
- No puedo, lo siento. Adiós Jack, hasta siempre.
- Adiós, Laira, jamás podré olvidarte.
Yo tampoco, por más que lo desee, jamás podré olvidarte. – pensó Laira mientras se alejaba
Jack se quedó mirándola hasta que desapareció de su vista, preguntándose si había hecho bien, si ese dolor que sentía en su corazón era algo más que amistad. No obstante, era demasiado tarde y lo sabía.

Laira se alejó de la ciudad lo más deprisa que pudo. Tardó casi seis meses en volver a su hogar, pero al fin lo consiguió. Subió al claro del bosque y se sentó en la roca en la que había conocido a Jack, con la vista clavada en el horizonte. El cielo estaba nublado, las nubes no dejaron que la muchacha contemplara los rayos del sol. En sus manos tenía una historia sin título, una historia recordada con amor por muchos y con amargura por una sola persona, destinada a vivir de sus recuerdos. Pero había algo más extraño aún, esa muchacha sentía algo en su corazón, algo que le daba calor y fuerzas, algo que la hacía sonreír de vez en cuando, un pequeño rayo de esperanza iluminaba su interior, pidiéndole que esperara, que aún no había terminado todo.

- Por desgracia, no todas las historias terminan con un final feliz. – dijo con un hilo de voz.